Mezclemos tambores y flautas; folclore y oración; alegría y devoción; caballos y flamenco; gambas y fino. De este modo tendremos como resultado una de las más grandiosas fiestas españolas: el Rocío; la cual se celebra cada año en la última semana de Pentecostés, celebrándose el gran peregrinaje mariana del sur de España: la romería de El Rocío; una celebración que hoy en día se ha convertido en toda una fiesta donde un gran número de personas no solo de España, sino de todo el mundo viajan en peregrinación al pequeño poblado de El Rocío (Almonte) para ensalzar el honor de «la virgen del Rocio». Según parece, la talla mariana en torno a la cual gira dicho honor, también conocida como La Blanca Paloma, fue encontrada durante el siglo VII en un pantano de los alrededores.
Mi primer Rocío lo viví en 1982, cuando estudiaba en Sevilla y puedo decir que fue una experiencia impresionante, además iba a lomos de un caballo de la Hermandad de Triana. Debo decir que lo realmente maravilloso de este viaje es el camino en sí, sobre todo porque se atraviesa durante días el Parque Nacional de Doñana, a través del cual diferentes hermandades de toda España portan sus Simpecados ya sea a pie, caballo o carretas.
El ambiente es similar al de un western, ya que por las noches se forman pequeños asentamientos alrededor de un fuego donde se preparan comidas de todo tipo. Todo el viaje se celebra cantando, orando y bailando al más puro estilo andaluz y para ensalzar a la Virgen. Durante el recorrido se comparte, se coquetea, se hace de todo salvo dormir, para lo que solo se puede aprovechar la pausa que hacen los músicos, ya que el constante sonido de flautas y tambores no deja ni un minuto de descanso.
Ya llegados al Rocío, se puede ver cómo algunas hermandades tienen sus propias casas con establos. El pueblo tiene el aspecto de una ciudad del oeste, con sus senderos de arena y sus bancos frente a las casas para que reposen los caballos, aunque la mayoría del tiempo se puede apreciar las calles repletas de jinetes montados en sus flamantes caballos acompañados, casi siempre, por una joven vestida de flamenca.
La mayoría de las hermandades se reúnen, durante el sábado de Pentecostés, en la aldea portando sus Simpecados. Tras esto se dirigen a la iglesia, donde la talla les da la bienvenida, y posteriormente se marchan a sus casas, donde la fiesta continúa. A pesar de todo, siempre hay alguien que acaba rendido y necesita marcharse a descansar, por lo que se dirige a los dormitorios de las casas, separados para hombres y mujeres, y con el espacio distribuido en literas; aunque lo cierto es que el sueño no es lo más importante de la peregrinación, ya que la fiesta se prolonga a más de 24 horas, por lo que cuando uno se despierta vuelve a la celebración en pleno apogeo. A mí, como huésped, me recibieron maravillosamente y me ofrecieron todo cuanto tenían.
El domingo por la mañana comienza un culto común a aire libre en el que pueden participan todos cuanto allí se encuentran, que culmina con el conocido «salto de la reja» en la madrugada del lunes, en la que los miembros de la «Casa Hermandad» de Almonte se introducen en la ermita para portar la imagen de su Virgen y comenzar su culto, donde todo el mundo tiene su lugar. Con esto, cada hermandad da la bienvenida a la Virgen gritando « ¡Viva, viva y viva la Blanca Paloma! » Solo puedo recomendar no acercarse mucho a la gran muchedumbre que se reúne, ya que en una ocasión casi soy pisoteada por intentar tomar fotos en primer plano. Solo basta con echar un vistazo desde una terraza o en televisión para ver cómo todo el mundo se aglomera e intentan tocar la talla entre gritos y emociones. El número de visitantes que se acumula en este evento es cada vez mayor, aunque no acudan al fin religioso de dicho peregrinaje, ya que para algunos es difícil de entender. Aún así, es posible percibir la emoción y devoción ferviente de la gente que se reúnen aquí, demostrando así que se trata de mucho más que una feria.
Text. B. Hohler
Traducción: Antonio Lérida Muñoz, UPO Sevilla

